No responde a las llamadas por radio. No muestra la bandera de ninguna nación conocida. Y lo peor de todo: está metido en el corazón del Golfo Nuevo.
Así comienza lo que la prensa de la época bautizó como “Los submarinos de Frondizi”, uno de los episodios más misteriosos, desopilantes y cinematográficos de la historia argentina. Una operación militar masiva para cazar un fantasma que, al final, se esfumó sin dejar rastro.
El escenario perfecto para un misterio
Para entender por qué este caso te vuela la cabeza, primero hay que mirar un mapa. El Golfo Nuevo, en la provincia de Chubut, no es una bahía cualquiera. Geográficamente, es como un tubo gigante, una botella o un embudo invertido. Tiene una entrada muy estrecha, limitada por Punta Ninfas y Punta Pirámides, y adentro se abre en un círculo enorme y profundo.
Es un callejón sin salida. O, mejor dicho, un tubo sin otra salida que la boca por donde entraste.
Esto es clave, porque si un submarino se mete ahí adentro, no tiene muchas opciones para escapar. Y en 1960, la Armada Argentina tenía esa boca del tubo vigilada como si fuera la puerta de un banco.
La paranoia se apodera de la Casa Rosada
Los primeros avistamientos ocurrieron en 1958, pero fue en febrero de 1960 cuando la cosa se puso seria. Unos cadetes navales que estaban haciendo maniobras de instrucción detectaron un contacto de sonar a 150 metros de profundidad. El objeto era enorme. Mucho más grande que cualquier submarino convencional de la época.
Frondizi, que ya estaba acorralado por una crisis política y económica brutal en su país, vio en este intruso la oportunidad perfecta para demostrar mano dura, o quizás, el miedo real de que la Unión Soviética estuviera probando las defensas argentinas.
La orden fue terminante: hay que hundirlo.
Lo que siguió fue la mayor operación antisubmarina en la historia de la Argentina. Frondizi movió el cielo, la tierra y el mar. Desplegó una flota de 13 buques de guerra, incluyendo destructores y corbetas. Movilizaron 40 aviones y helicópteros. La Fuerza Aérea y la Armada se dieron cita en el Golfo Nuevo para hacerle la vida imposible a quien estuviera ahí abajo.
Bombardeando un tubo
La operación fue un despliegue de poderío militar que asustó a propios y extraños. Los aviones sobrevolaban el golfo lanzando cargas de profundidad. Los destructores disparaban torpedos guiados por sonar. Para asegurarse de que el intruso no se escapara, los buques minaron la estrecha entrada del golfo, creando un campo minado que haría llorar a cualquier almirante.
Además, desplegaron infantería de marina en toda la costa, con rifles y ametralladoras, por si a los tripulantes del submarino se les ocurría la brillante idea de emerger y desembarcar para pedir un café y rendirse.
Durante días, bombardearon el agua sin piedad. Hicieron ruido, gastaron millones en municiones y mantuvieron a todo el país pegado a la radio y a los diarios, que publicaban ediciones especiales con los últimos "avances" de la cacería.
Y entonces... el fantasma se esfumó
Acá es donde la historia pasa de ser un relato militar a un episodio de Expediente X.
Después de días de bombardeo intenso, de minar la entrada y de rastrear cada metro cúbico de agua, el contacto de sonar simplemente... desapareció. Se fue. Como si le hubieran puesto silenciador.
La Armada esperó ver emerger restos: un periscopio roto, una mancha de aceite, un trozo de metal, un cadáver flotando. Algo. Cualquier cosa que demostrara que le habían dado al blanco. Pero el agua del Golfo Nuevo estaba más limpia y tranquila que la pileta de un club de barrio un martes a la mañana.
Y acá viene el detalle que sigue sin tener explicación lógica: si el Golfo Nuevo es un tubo, y la boca estaba minada y vigilada las 24 horas por buques y aviones... ¿cómo carajos salió el submarino?
Nadie lo vio salir. No hubo ninguna nave emergiendo a toda velocidad para romper el bloqueo. No se detectó ninguna salida furtiva. El objeto estaba ahí, lo bombardearon hasta dejarlo sordo, y luego, simplemente, dejó de existir. El comunicado oficial de la Armada fue una obra maestra de la burocracia y la impotencia: "Las aguas del Golfo Nuevo fueron cuidadosamente cribadas... lo que sugiere que hayan podido escapar".
¿Escapar? ¿A dónde? ¿Se hicieron invisibles? ¿Tienen tecnología de teletransporte?
¿Qué era entonces?
Como en todo buen misterio sin resolver, las teorías para explicar el caso de los submarinos de Frondizi son tan variadas como fascinantes.
La más lógica (y la que sostenía el gobierno) era que se trataba de submarinos soviéticos de la clase Zulu, que en esa época eran los más avanzados del mundo, haciendo pruebas de penetración en aguas occidentales para ver qué tan dormida estaba la defensa argentina.
La más romántica y conspiranoica, por supuesto, es la teoría nazi. Muchos aseguran que eran los míticos U-Boot tipo XXI, aquellos submarinos de alta tecnología que, según la leyenda, escaparon de Alemania al final de la Segunda Guerra Mundial cargados de oro, científicos y oficiales de alto rango, para esconderse en alguna base secreta de la Patagonia. Para los creyentes de esta teoría, el submarino no "escapó" del golfo, sino que volvió a su base secreta bajo el hielo o las montañas.
Pero hay una tercera teoría, quizás la más "suelta" y política de todas. Algunos historiadores y periodistas de la época sugirieron que todo fue un gigantesco montaje. Frondizi estaba en una crisis política terrible, con escándalos de corrupción y presiones militares para que renunciara. ¿Y si el "submarino fantasma" fue una distracción perfecta? Un enemigo externo, invisible y amenazante para unir al país, justificar el gasto militar y tapar los problemas de la Casa Rosada. Un truco de magia a escala nacional.
El legado del OSNI
Al final, la Armada levantó el bloqueo, desactivó las minas y mandó a los aviones a casa. El Golfo Nuevo volvió a su calma habitual, guardándose el secreto en sus aguas profundas y frías.
Nunca se supo con certeza qué era ese Objeto Sumergible No Identificado (OSNI). Nunca se encontraron restos. Y nunca, jamás, nadie vio cómo salía de ese tubo geográfico que tenía todas las salidas bloqueadas.
Hoy en día, el caso de los submarinos de Frondizi sigue siendo un agujero negro en la historia naval argentina. Un recordatorio de que, a veces, podés poner 40 aviones, 13 buques y a todo un país a mirar el agua... y aun así, el fantasma se sale con la suya.
Así que la próxima vez que mires el mar y veas algo raro bajo la superficie, acordate de esto: quizás no sea un banco de peces. Quizás sea un submarino nazi, ruso o extraterrestre, esperando pacientemente a que Frondizi vuelva a dar la orden de ataque.

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